Me enamoré del sexo en San Andrés.

Me enamoré del sexo en San Andrés.

El sexo fue mi sombra desde que nací; es como si en el libro de la vida, al lado de mi nombre estuviera la palabra “sexo” escrita.

Aunque perdí mi virginidad muy tarde (a comparación del promedio de chicas, hoy en día) siempre tuve mis maneras de hacer venir a un hombre y hacerme venir, sin la penetración.

Estando en San Andrés, Isla, pasando un fin de año, llegaba mi última noche para disfrutar, por lo que quise celebrar con Tequila el haber estado en un pedazo de tierra en medio del mar. Uno, dos, tres, cuatro… tequilas me estaban poniendo bastante contenta.

Camino al quinto, conocí un canadiense que me ofreció otro tequila, mientras el tomaba cuba libre (ron con cocacola). Después de un rato de hablar y hablar, caminamos por la playa hasta que decidimos sentarnos a ver cómo se asomaba el sol. Más que ser un encuentro que parecía romántico a primera vista, sin saberlo estaba a punto de conocer el amor de mi vida: El sexo.

Yo en falda, y él en pantaloneta. Su mano empezó a tomar mis tobillos acariciando mis piernas hasta llegar un poco arriba de mi rodilla; sin besarme, ya me provocaba acostarme en la arena. Se puso al frente mio y con su otra mano agarró mi cadera obligándome a acostarme en la arena. Sabiendo que era virgen, me tomó ambas manos y las puso encima de mi cabeza; las sostuvo con una sola de las suyas, mientras con la otra mano tomaba mis pezones entre sus dedos, y los acariciaba suavemente.


Por obra y gracia del movimiento de su cadera hacia la mía, hizo que mi falda subiera poco a poco. Recomendación: poner una toalla para evitar la penetración de la arena y raspones. Sin entender qué debía hacer, me dejé llevar por la situación y como pude me solté de una sola mano y le agarré su pene, pensando: “ cada vez que sienta que me raspe la arena, se lo sostengo más duro y muevo la mano más rápido”.

Entre más rápido se movía, más me raspaba, por lo que más duro lo masturbaba y lo sostenía; de verdad no quería soltarlo. Solo su movimiento me excitó mucho (pues no había conocido lo que era la penetración o lo bueno de sentir círculos en el clítoris, ni el sexo oral, ni el Kamasutra… en fin) y gemí con un poco de pena, pero lo hice.

Ahí, entre mis tímidos gemidos, los rapones en mis nalgotas, su rápido movimiento y la amanecida de mi última noche en San Andrés, al hombre se le mojaron los pantalones y se dio mi introducción al sexo.

Quedé completamente con la entrepierna mojada, la más grande muestra de que mi introducción al sexo me había gustado.

-La de la Virginidad Perdida

Foto: Catie Michel