¿Qué es lo que en realidad no nos deja pensar a las mujeres?

¿Qué es lo que en realidad no nos deja pensar a las mujeres?

Recientemente me he preguntado ¿qué es lo que realmente no me deja pensar?, ¿qué es lo que hace que yo cometa tantas pendejadas?, ¿Qué es lo que de verdad me hace perder la razón al punto de no pensar en las consecuencias de mis actos?

Calentura, cachondez, arrechera … Ustedes llámenlo como quieran, pero si lo analizan conmigo, ese estado es en realidad el culpable de perder el freno de mano que todos tenemos incorporado en alguna parte de nuestra carrocería. Que una cosa lleve a la otra, es una verdad irrefutable, pero que la arrechera es infinitamente más desequilibrante que estar ebria o alucinando; eso también es indiscutible.

Hace unos días tuve la oportunidad de salir con un tipo a tomar unas cervezas en El Ovejo, un bar que me gusta mucho por la música (pero la calidad del padrino que sirven lo deja a uno como iniciado). El amigo súper interesante, charlador, guapo, buena gente, hablamos de todo, toda la noche y creería que ninguno de los dos estaba interesado en que él tuviera que trabajar muy a las ocho de la mañana en punto, resumen de la noche: muy agradable y un beso bastante incitador al final de la noche.

Debo confesar que el regreso a mi casa, ya acompañada solo de mis pensamientos y mis audífonos, fue bastante perturbador, porque no sabía si sentirme bien por la expectativa que había generado en mí el mencionado beso, o mal porque no había pasado de ser solo un beso, pero mis dudas se despejarían al llegar a mi casa y recibir un mensaje que decía algo como: “qué beso tan rico, casi no te dejo ir”, eso me dió no solo la esperanza si no la certeza de una segunda cita.

Segunda cita que llegó más pronto de lo que yo esperaba, tanto, que no tuve tiempo ni de pensar en que me iba poner, y mucho menos de avisar (aunque ¿para qué avisar?) que no llegaba a la casa esa noche, y todo eso paso de estar, de un segundo plano, a literalmente no importarme cuando lo vi, y aún más, cuando me dio ese segundo beso que me hizo no solo humedecer lo que se tenía que humedecer sino también la piel, la mente y hasta el pelo.

De ahí en adelante no me importo mojarme por la lluvia a las dos de la mañana mientras el siguiera besándome, no me importo no disfrutar de la música, ni de la fiesta, ni de la comida, ni el frio, ni siquiera el hecho de estar caminando a las tres de la mañana por chapinero mientras buscábamos un taxi, no me intereso en lo más mínimo que el taxista escuchara todo lo que le iba a hacer a este personaje, ni siquiera me afecto, en lo más mínimo no aparecer hasta el otro día a las cinco de la tarde; No, nada me importo, todo se resumía al momento donde por fin yo pudiera consumar mis ganas, tanto así que si en mis manos hubiera estado, yo habría iniciado a consumar esas ganas en cualquier cajero abierto que hubiera a esa hora por chapinero.

Así como esta, tengo montones de historias en donde pierdo la cabeza por un polvo, y cuando recuerdo cada una de ellas y en especial esta, puedo afirmar que a las mujeres lo que realmente les hace perder la cabeza, no es estar borrachas, ni pachecas, ni siquiera enamoradas... es estar arrechas.